26 de abril de 2007

Aguante Gran hermano



En la Argentina de nuestros días, pocos temas despiertan tanto consenso como el exitoso y vapuleado Gran Hermano. En efecto, nada más fácil y eficaz para lograr un rápido y complaciente acuerdo que criticar el morbo, la carencia de ideas y el mal gusto del programa más visto... Ahora bien, se dice que este recrea la profecía del panóptico de Bentham que –reciclada por Orwel y más tarde por Foucault– describe el sádico aparato de vigilancia destinado a controlar la vida y obra de las personas. Sin embargo, la volátil realidad de nuestros días poco tiene que ver con aquel aparato de control... En esta época en que el Gran Otro ya no existe –sea éste el estado de bienestar, la seguridad de un empleo, los Ideales, etc.– identificarse a las frivolidades y los absurdos que la lujosa casa de GH ofrece es acceder a la ilusión de existir. Lograr, por un instante, que nuestras banalidades sean excepcionales.


Del panóptico al sinóptico, del espectáculo al simulacro


En la Argentina de nuestros días, pocos temas despiertan tanto consenso como el exitoso y vapuleado Gran Hermano. En efecto, nada más fácil y eficaz para lograr un rápido y complaciente acuerdo que criticar el morbo, la carencia de ideas y el mal gusto del programa más visto de la televisión argentina.
Si algunos destacan las frivolidades, lugares comunes y estereotipias que las escenas repiten con ritmo de noria, otros señalan el cinismo con que su conductor enfatiza las miserias que allí acontecen al tiempo que se ensañan con quienes –por un puñado de fama– se someten a la ultrajante experiencia de mostrar su más íntima privacidad. Lo cierto es que –por estereotipadas y repetidas– estas críticas nos resultan tan concurrentes como solidarias con el objeto que las anima. Permanecen dentro de la eterna comedia conformada por el circo de la televisión y la golosa indignación ilustrada que, por alimentarse a sí misma, termina por desviarse respecto al drama que la polis agita tras sus mediáticos semblantes.

Aquellos pac man

Por empezar, casi todas las opiniones coinciden en destacar la naturaleza morbosa del juego cuya atracción reside en mostrar la vida privada y compartida de dieciocho personas que –entre engaños, artilugios y pasiones– aguantan por llegar hasta el final. ¿Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad?
Si la identificación es la clave del poder convocatorio de cualquier espectáculo, no nos debe extrañar la audiencia que recoge el programa.
Desde esta perspectiva, vale la pena indagar la probable filiación que GH guarda con la dinámica de los videogames, artilugio cuyo auge arrasador hay que rastrearlo en el acceso a los enclaves de poder y decisión de la generación de los kiddults o, en castellano, adultescentes (1). Sujetos de entre treinta y cuarenta y cinco años criados al amparo de aquellos pac-man que supieron combinar el esencial carácter lúdico –que ya Huizinga había destacado en su Homo Ludens (2) – con los avances de la telemática. (Por eso, antes de reaccionar por la incesante voz que desde el cuarto de nuestros hijos transmite el acontecer de Gran Hermano, mejor tener en cuenta estos últimos aspectos)

Del panóptico al sinóptico: el riesgo de desaparecer

Ahora bien, se dice que el programa recrea la profecía del panóptico de Bentham que –reciclada por Orwel y más tarde por Foucault– describe el sádico aparato de vigilancia destinado a controlar la vida y obra de las personas.
Sin embargo, la volátil realidad de nuestros días poco tiene que ver con aquel aparato de control. La fluidez propia de la globalización –algo así como un pac-man en Internet– ha hecho que el otrora Gran Hermano subsidiario de un orden fijo y permanente administre su patético espasmo al son de una máxima tan sutil como radicalmente diferente: solo es mirado quien interesa, de lo contrario simplemente no existís. Nadie te vigila. Estás conectado o no estás. Como dice Riffkin, vivimos en la era del acceso (3).
En esta época en que el Gran Otro ya no existe –sea éste el estado de bienestar, la seguridad de un empleo, los Ideales, etc.– identificarse a las frivolidades y los absurdos que la lujosa casa de GH ofrece es acceder a la ilusión de existir. Lograr, por un instante, que nuestras banalidades sean excepcionales.
¡Aguante Gran Hermano! parecen decir los más rancios y nostálgicos enclaves narcisistas, tanto de quienes siguen el programa como de los que se indignan con él. Se trata del pasaje del panóptico al sinóptico que –según Bauman (4)– permite que muchos, capturados por la seducción, consagren como modelos a unos pocos simuladores de privacidad.
El síntoma que denuncia esta perspectiva es la brutal crisis de representatividad que caracteriza al pathos de nuestra polis –si es que alguna vez esta palabra designa el lugar donde tramitar la diferencia con el Otro–. ¿O qué otra cosa puede significar hacer de nosotros mismos en la pantalla de televisión?
Pero, si tal como advirtió Freud y refrendó Lacan, la causa de la sustitución simbólica está en la tragedia –la marca del trauma– ¿Por qué debería sorprendernos esta crisis de representatividad en un país donde rendir testimonio del dolor presupone el riesgo de desaparecer?
Algunas orientaciones que el arte insinúa se hacen cargo de esta crisis de representación. Por caso, podemos mencionar los jabones que la artista Nicola Constantino fabricó con grasa de su propio cuerpo, el fosforescente conejo transgénico del brasileño Eduardo Kac o los interesantes experimentos teatrales que Vivi Tellas ensaya –bastante más creativos que GH, claro– al poner en escena personajes que se representan a sí mismos (Mi mamá y mi tía, Tres filósofos con bigote...) Se trata de un tema de enunciación. El mismo enunciado puesto en un escenario constituye otro momento y otro sujeto. Sin embargo, y más allá de manifiestas u ocultas intenciones, la perfomance de los miembros de Gran Hermano habla del acting permanente que los sujetos de la comunidad globalizada consuman y consumen en su afán de estar conectados para existir. ¿Es válido citar aquí las extensas horas de anodina vida cotidiana que muchos internautas suben a la red?

Tragedia y comedia: la fijación a los semblantes

Ahora bien, un dato se asoma por de más revelador. Tan cierto es que acceder a la representación supone atravesar el trauma que nos constituye como que este paso decidido no implica sesudas introspecciones ni místicas revelaciones. Basta poder reírse de uno mismo y del estereotipado semblante que nos constituye. Algo así como tomar distancia del pac-man con que cotidianamente nos revestimos para andar en el mundo.
Se trata de la eficaz ironía analítica, ésa que –usando el saber hacer del arte y del juego– llega hasta el chiste para brindar al sujeto la posibilidad de separarse de los semblantes a los que la obscena comedia de todos los días lo ha conminado.
Sin embargo, difícilmente veamos que algún integrante de GH se ría de lo que allí está haciendo. Más allá de sexo aquí o allá, traiciones, frivolidades y otras miserias, la fijación al semblante que los integrantes de GH sostienen a rajatabla constituye su radical obscenidad. ¿Qué oscura satisfacción se agita en el espectador que “aguanta” este simulacro no asumido?

Del espectáculo al simulacro

Así, el sinóptico del que más arriba hablábamos invierte los términos con que Baudrillard analizó la Guerra del Golfo: en la casa de GH el espectáculo se hace simulacro.
En este punto nunca tan pertinente citar la imagen con que Spencer Platt ganó el World Press Photo –el premio más importante de foto periodismo–. La misma muestra a cinco jóvenes muy fashion-todo bien que –desde un lujoso descapotable– observan a través de sus anteojos espejados las ruinas de una reciente y bombardeada Beirut. En ese escenario de muerte y destrucción, la bella muchacha –única sin espejos– que pone toda su atención en el celular constituye el mejor ejemplo de un espectáculo que deviene simulacro y de cómo –en el pasaje del panóptico al sinóptico– la comedia se ha tragado a la tragedia. Como sostenía Baudrillard, el drama es que ya no hay drama.

Televisión: yo quiero a Lucy

Hace un tiempo, en una conferencia dictada en nuestro país, Slavoj Zizek (5)ilustraba la naturalización de los semblantes que la cotidiana comedia impone, apelando a un paradigmático programa de la televisión mundial: Yo quiero a Lucy. Protagonizada por Lucy Ball y su marido en la vida real (Desiderio Arnaz) la serie constituía para el filósofo esloveno un acabado ejemplo acerca de cómo la vida de dos comediantes puede estar totalmente fagocitada por sus personajes de ficción. Al punto que Lucy Ball alumbró el primer hijo el mismo día que su personaje lo hacía en la televisión. (Antes de divorciarse, claro).
Aguante Gran Hermano. Mejor detenernos a pensar qué síntoma palpita en nuestra casa antes que continuar con la naturalizada comedia de la indignación.

Referencias

1.-John Beck y Mitchel Wade Got Game: How the Gamer generation is Reshaping Business Forever, (ver “Juego, luego existo” en Perfil, domingo 19 de marzo del 2006 y Clarín económico del 19 de febrero del 2006)
2.- Johan Huizinga, Homo Ludens, España, Emecé Editores, 1972.
3.- Rifkin, J. (1995)The End of Work.The Decline of the Global Labor Force and the Dawn of the Post-Marked Era. New York: Jeremy P. Tarcher Inc.
4.- Zygmunt Bauman, En busca de la política, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.
5.- Slavoy Zizek, La Comedia política de la Encarnación, Buenos

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